Fake acts

30 de enero de 2020

El “derecho a la información” se ha convertido en el nuevo fetiche, la gran moda, etc. A todos se les hace grande la boca señalando a las fake news, como las mayores responsables de nuestras peores tragedias, porque quién sabe de qué manera, siempre al final del crimen el responsable es alguien que publicó una información falsa.

Desbancaron al mayordomo.

Es muy fácil detectar una fake new por la misma razón que es fácil inventarla: a nadie le interesa saber la verdad. Antes que nada, recordemos que informado es una cosa, desinformado otra y mal informado otra más, por lo mismo, le informo a usted que sucede igual con fake news, fake facts y fake acts, pero bien nos consta a todos que tenemos un dominio tan magistral de nuestra propia lengua, que podemos darnos el lujo de recurrir a expresiones creadas por nuestro vecino: pronunciamos haiga, doptor, etsperiencia, no debe extrañarnos entonces la forma en que entendemos, traducimos y adoptamos del inglés.

En nuestra actualidad, sólo está mal informado el que quiere porque si algo sobra es acceso a información: cualquier tema que en este momento sea de mí interés, tengo acceso a la suficiente información sobre él, como para requerir de dos reencarnaciones para echármela. Ah! Dirán ustedes: sin salirse de lo que acabas de afirmar, eso es una joda monumental! Sí, es verdad, pero eso ya es otra cosa.

Las noticias falsas también son otra cosa y obedecen a otros principios, a otras reglas, a otros objetivos, etc. que no pertenecen al campo de la información sino al de “las tendencias de actualidad”, por decirlo de alguna manera. Es absurdo el planteamiento de que con noticias falsas se puede controlar la percepción pública sobre los hechos, porque como bien vemos todos los días, cada uno es presentado con cualquier cantidad de sesgos, contribuyendo al hábito que nos distingue sobre la categorización que damos a la “verdad”: verdad es todo aquello que yo he decidido es verdad. Al menos aquí en México, los nuevos adalides de la libre expresión actúan como si estuviéramos en el México de los cincuentas, traen la premisa de que el público es imbécil y dispuesto a tragarse todos los cuentos chinos que le avienten, pero esa clase de pueblos ya no existen hoy, ni siquiera aquí: será ladino, taimado, gandalla, chingaquedito, pero imbécil no y posee mucho más sentido común del que aparenta; lo que ahora intentan, es “sembrar” una versión de la realidad que embone con los intereses de un supuesto nuevo régimen en construcción.

Suerte con esa doble intención… la van a necesitar, porque ya evidenciaron que no tienen el talento necesario para alcanzar metas tan ambiciosas, como acaba de ocurrir con el último sainete contra nuestra universidad, con motivo del retraso en la entrega de los recursos para el cumplimiento de sus obligaciones salariales. En las afirmaciones que haré a continuación, a mí no me crean, chéquenlo en portales informativos, periódicos, programas de radio y tv, redes sociales, etc.

Desde el inicio hasta el final del desaguisado, los comunicados emitidos por la administración universitaria fueron siempre consistentes y tuvieron el respaldo de los hechos… siempre. Su versión sobre las razones para lo que estaba pasando, nunca variaron, mientras sus detractores  nunca pudieron imponer una narrativa distinta a la que traen desde que llegaron, que no es otra que la de una bola de tribus, subtribus y musarañas, sin más convicción que la de que ahora les toca porque nunca les dieron oportunidad para beneficiarse: fue tal la cantidad de versiones y contradicciones, que acabaron desnudándose entre ellos, además de dejar muy bien establecido que son capaces de cualquier desfiguro con tal de salirse con la suya… por lo que siguen acrecentando derrotas y descrédito.

Pensar que con datos falsos es posible incidir sobre una realidad que está a la vista de todos, es rasgo de leguleyos y punto.

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