Échenme a Evo Morales

13 de noviembre de 2019

Se puede estar en contra de Evo Morales, que de eso nadie tenga duda y si le molesta peor para él; pero de ninguna manera, por ningún motivo, se puede estar en contra del asilo a Evo Morales.

El momento más oscuro de la humanidad no fue la edad media, por fortuna fue más breve –muchísimo más- y ocupó solo una parte de la primera mitad del siglo veinte. Ahí, la humanidad demostró que su capacidad para cometer atrocidades es ilimitada: prácticamente medio mundo se alzó contra la otra mitad y por momentos en más fracciones para el todos contra todos.

A mi papá le tocó vivir lo de los niños de Morelia, así como después el holocausto. Aquí en Culiacán, aclaro (estuve tentado a decir “junto a Patton”). Yo le preguntaba si había miedo en estas calles y la repuesta era que no; se trataba de algo terrible, sí, pero lejano como los tsunamis en Japón… hasta que se supo lo de los judíos. El asunto es que a su generación le tocó vivir también la persecución china aquí en el noroeste, lo veían como un acto abominable (hay más de un caso donde la población enfrentó e impidió a las fuerzas gubernamentales cumplir la orden), pero tampoco se traumaron y lo sobrellevaban muy bien… por la convicción de que había sido algo aislado, un vestigio de tiempos remotos donde, en efecto, eran algo comunes pero superados por la civilización. Me contaba como lo que en verdad impactó a aquella sociedad mexicana, fue el entender en toda su dimensión el papel que habíamos desempeñado frente a la inmensidad del hecho, del horror del que habíamos salvado a niños, mujeres, ancianos que eran españoles, judíos, gitanos, alemanes, ingleses, fuimos un caso rarísimo de un mundo y un momento donde “Los niveles de odio lograron romper algunos tímpanos”, dejó ocultó Sartre en “A puerta cerrada”, la obra fruto de ese periodo y que para muchos es la mayor expresión de nosotros mismos, estrenada en 1944 por cierto.

A mí me tocó la última etapa en verdad significativa del asilo mexicano, cuando Echeverría y López Portillo abrieron las puertas al exilio latinoamericano; aquí en la UAS cayeron de todos los países que tenían dictaduras militares –reconocidas por su ferocidad-, hubo de todo y al final la impresión general que dejaron es buena. Pero en 1982 tuve mi epifanía durante el estreno de “Missing”, del director Costa Gavras, cuando la escena de un hombre desnudo que va a ser ejecutado en los interiores del estadio de futbol; con la imagen, Gavras nos hace sentir la soledad y el desamparo del individuo frente al resto del mundo, y encima sabiendo que te van a matar. Desde entonces para acá, no dejo de ver a ese hombre como si fuera cada uno de los que conocí aquí. De eso lo salvamos. ¿Qué más podemos pedir a cambio?

La piedra que sostiene el buen nombre del asilo mexicano, es su política para concederlo sin hacer distingos políticos, ideológicos, sexuales, etc., es decir pone el énfasis no en lo que se es, sino en lo que no se es, como es el caso de Evo Morales, sobre quien pesan cualquier cantidad de señalamientos y acusaciones –sobre quién no- pero de genocida no.

El resto es paja.

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