A favor y en contra

3 de mayo de 2019

Al menos para mí, el incendio de Notre Dame fue como oxígeno puro, una completa oportunidad para renovar mi optimismo. Me explico.

En ese escenario que por momentos pareciera ser más grande que el mundo -las redes sociales-, la respuesta abrumadoramente mayoritaria fue lamentar el daño de un edificio que es patrimonio histórico de la humanidad, además de símbolo importante de la civilización occidental, lo cual no es sinónimo de que esas mismas mayorías gocen de una amplia perspectiva sobre esos conceptos que Notre Dame representa, lo que no sería ninguna novedad porque a decir verdad, así ha sido siempre: esa noción íntima y profunda de uno mismo, que se asume como perteneciente a una superestructura social que con mucho me supera, es un rasgo más heredado que adquirido.

La reacción pública ante los daños al símbolo fue de respeto, ahí radica su importancia pues al aceptarlo como representación nuestra, implica sentido de pertenencia y de orgullo respecto a lo que finalmente somos nosotros mismos.

Por supuesto, no faltó el discurso políticamente correcto que esta vez surgió, como bien lo señaló en su momento Guillermo Bañuelos, hasta que apareció don dinero en la figura  de las donaciones para la reconstrucción: satanizando nuestra despiadada misantropía al destinar recursos para un montón de piedras viejas, mientras en el mundo persisten el hambre y la guerra y exigiendo -faltaba más- nos justificáramos ante las pobres víctimas inocentes. De güeva loca. Frente a semejantes expresiones de cretinismo, resulta tentador recurrir a la premisa de Humberto Eco que acusa a las redes sociales de dar voz a los imbéciles. Y sí, les da voz a ellos… y a Humberto Eco. No me considero un optimista a ultranza, tampoco lo contrario así que basándome en mi experiencia empírica, acepto la posibilidad de que las redes también han hecho aflorar la intolerancia de una intelectualidad que reniega de su origen y de su responsabilidad civilizatoria.

Frente al incendio de Notre Dame, sigue siendo notoria la poca aportación de quienes pueden hacerlo, para dotar de consistencia y racionalidad a ese impulso primario que sigue vivo en nuestra alma de occidentales y que es susceptible de ser elevado al rango de convicción: de aquí han salido la internet, la energía eléctrica, el motor de combustión interna, la democracia, las ideas de igualdad y el repudio a la esclavitud, la equidad de género, los derechos individuales, humanos, laborales… es aquí donde se invirtió la pirámide de mortalidad mediante avances médicos y sociales para que nunca como hoy, tanta gente camine a un mismo tiempo sobre la faz de la tierra; el impacto global de las aportaciones occidentales, han logrado que alcance mejores niveles de bienestar un porcentaje tan alto de la población, que era impensable hace apenas 150 años. Puede ser también que nunca como hoy, seamos tantos los que compartimos la certeza de lo que debemos seguir haciendo y lo que no, para resolver nuestros retos; todo esto, es nada más un mínimo recuento, a bote pronto, de lo que Notre Dame simboliza.


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