Antonio Rosales en Paseo de la Reforma

7 de mayo de 2018

Estuve recientemente en la ciudad de México y no cabe duda que la llamada metrópoli logra sorprendernos en cada visita. Existen infinidad de cosas que ver en la ciudad, muchas de ellas ocultas en lo vistoso de lo moderno e ignoradas por el tráfago propio de una ciudad atrapada en el dinamismo colectivo que caracteriza a los grandes conglomerados.

Recorrer Paseo de la Reforma, por ejemplo, puede hacerse de dos formas y ambas dejan experiencias distintas.  Por ejemplo, si lo hace de norte  a sur y por su lado izquierdo, se verá atrapado por la vorágine comercial propiciada por los innumerables cafés, restaurantes, ciclistas y turistas que maravillados por los imponentes edificios nos tropezamos entre unos y otros.

Si es la modernidad un polo de atención, en este paseo sobran motivos para lograrlo. Inmensas torres de concreto y cristal desafían la altura del cielo citadino, dejando una imagen de solidez y desarrollo que contrasta con el resto del paisaje. En efecto, quienes transitamos por este tramo somos presa de una impresión similar a la que recibimos cuando visitamos otras urbes de desarrollo notable como San Francisco, Nueva York, Montreal, Boston, etc.

La parte que comprende el Paseo de la Reforma es maravillosa, nos traslada al México que aspiramos a ser: con un dinamismo notable y edificaciones que miran con optimismo el futuro, que lo consolidan con un aumento desafiante hacia las alturas del cielo defeño.

La perspectiva, sin embargo, puede ser diferente, si el recorrido de este paseo se realiza de sur a norte y por el lado derecho. En este lado de la inmensa acera el dinamismo no es tan intenso, existen muchos menos centros comerciales y el tránsito vehicular suele ser menos desafiante con el peatón. Por esta parte pueden admirarse todavía imponentes casonas de estilo francés que resaltan entre los rascacielos que amenazan con su desplazamiento.

En este lado de la gran avenida el ritmo de apreciación es diferente. Cada detalle es observado con mayor calma, y entre las permanencias notables de la principal avenida del país, comienzan a destacarse los imponentes camellones y las estatuas de los hombres preclaros de mitad del siglo XIX.

Para mi sorpresa, en el mero centro de Paseo de la Reforma se erige la estatua de Antonio Rosales, el héroe de San Pedro, Sinaloa, ostentando la siguiente inscripción: “Antonio Rosales, general republicano de origen zacatecano, nació en 1822. Literato y poeta, luchó en Sinaloa por la libertad, fundó el colegio civil de Culiacán. Murió combatiendo contra los imperialistas en el año de 1864”. Así está textual, la inscripción.

Admito que no dejó de sorprenderme este hallazgo, porque yo había transitado por este tramo, cuando menos diez veces, y no fue sino hasta cuando redirigí el sentido de mi recorrido cuando me percaté de su existencia.

La estatua del general Antonio Rosales está en el lugar central del paseo y es muy fácil llegar a él. Solo hay que buscarlo frente al edificio de la bolsa de valores y ahí, rodeado de edificios imponentes, se yergue el enjundioso general que puso a Sinaloa en la punta del reconocimiento nacional, cuando enfrentó valerosamente a los franceses. En su próxima visita a esta ciudad y si tiene la oportunidad de llegar a este sitio, siéntase por un momento parte de la historia de este gran país que es México.


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