No hay que votar

15 de enero de 2018

“Yo no voto porque todos son iguales, una bola de corruptos rateros”, es el argumento que con mayor frecuencia encuentro en los segmentos donde suelen estar los que supuestamente tienen una educación por encima del promedio; con toda seguridad asistieron a muy buenas escuelas, pues lo dicen con aire de suficiencia intelectual y superioridad moral.

Confieso que me preocupa adonde vino a desembocar una aspiración que se nos cumplió en el año dos mil, cuando el triunfo de Fox demostró que por la vía electoral sí era posible generar cambios.

Dieciocho años después, haciendo un balance concluyo que los únicos que han hecho la tarea han sido… los de la clase política, porque los ciudadanos sólo confirmamos esa visión peyorativa que se tiene del mexicano, como un individuo flojo que duerme la siesta recargado en un cardón.

Nuestros políticos hoy viven con un ojo al gato y otro al garabato, han abandonado ideologías y convicciones en aras de su interés personal y hacen cuanto desfiguro sea necesario para beneficiarse, nosotros en cambio hemos hecho exactamente lo contrario, porque no tenemos ninguna disposición para ningún esfuerzo que sirva para el bien común, porque no somos animales sociales y tengo mis dudas que seamos animales racionales, basándome en la experiencia acumulada durante estas casi dos décadas.

Nuestros políticos han alcanzado un espíritu de cuerpo digno de mejores causas, pueden decirse y hacerse horrores entre ellos, pero a la hora buena hacen a un lado las diferencias de siglas y de colores y cierran filas cuando se presenta alguna amenaza a sus intereses, han aprendido que cuando el marco general de su actividad pretende afectar a uno de ellos, será cuestión de tiempo para que también les llegue la lumbre a los aparejos, nosotros los ciudadanos, en cambio, nos hemos dedicado a adoptar y fomentar conductas que atentan contra nosotros mismos por pura flojera, el voto es un buen ejemplo de ello.

Todavía en el dos mil, tuvimos disposición de levantarnos en domingo para ir a emitir nuestro voto, con la peregrina esperanza de que si ganaba por primera vez la oposición, la economía mejoraría, la corrupción acabaría, la educación se volvería del primer mundo, nuestra salud pública sería insuperable, la contaminación se vería reducida a cero y, como cereza del pastel, cada mañana el presidente de la república nos llamaría por teléfono para consultarnos sobre qué hacer exactamente para tenernos contentos…a todos y cada uno de los mexicanos. Como nada de eso pasó, tiramos la toalla indignados pues nosotros ya habíamos cumplido a cabalidad nuestra parte: aquel domingo por la mañana, ahí habíamos estado en la casilla depositando nuestro voto.

No veo un país donde sus ciudadanos van a la escuela de sus hijos para informarse sobre la calidad de la educación que reciben, no veo gente respetando el espacio y los derechos de sus vecinos, no veo a nadie preocupado por obtener entretenimiento de buena calidad para él y toda su familia, ya no hablemos de información coherente y fidedigna. Para acabar pronto, no veo a nadie haciendo la tarea de construir nada, como si Roma hubiera sido hecha en menos de un día, los veo agotados y decepcionados por haber asistido aquel domingo a votar y no haber obtenido absolutamente todo a cambio. No hemos sabido entender, que padecemos algo muy malo como pueblo cuando vivimos renunciando a cualquier acto que pueda incidir sobre nuestro futuro, a la vez que vivimos admitiendo que en el pasado inmediato estábamos mejor.

Todos hemos cambiado, unos para bien y otros para mal, de ahí que algunos han salido muy beneficiados y a la mayoría nos llevó la chingada. Cada quien obtiene lo que se merece.

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