Protesta estudiantil inusual

23 de noviembre de 2017

El viernes 17 de noviembre se presentó en Culiacán una protesta estudiantil inusual por el carácter de su demanda. Lo que los marchistas, la mayoría jóvenes, solicitaban era algo insólito, “no tememos morir, decían, pedimos que no nos maten”. Y aunque en el espectro social la manifestación ocurrió como una más, me parece que la esencia de ésta era diferente.

Ciertamente, los medios atendieron la presencia de los jóvenes y hubo incluso columnistas, que le dedicaron comentarios destacando la gravedad de la violencia y los grados a los que se ha llegado.

Sin embargo, qué nos dice un reclamo como  el de “no tememos morir, pedimos que no nos maten”, en un ambiente como el del Culiacán y el Sinaloa, e incluso el de México? ¿A qué grado de desesperación, miedo e incertidumbre ha topado el joven para concebir, de manera descarnada, la preferencia de una muerte natural a una causada por la mano artera del hombre, y en este casi de la violencia desenfrenada?

Porque el mensaje que manda es que ellos están muy conscientes del límite que tiene la vida y lo asumen con seriedad y mucha madurez, pero aspiran a una vida plena, con vigencia de paz y en la tranquilidad de un entorno familiar a que como seres humanos tienen derecho. Y no solo ellos, todos, tenemos garantizado en la ley, ese derecho, pero no en la realidad. La vida actual es, por desgracia, un riesgo vivirla.

Y ese límite ya lo alcanzaron los jóvenes que se manifestaron el viernes 17. Porque lo que ven en su entorno es violencia, muerte, secuestro, levantones y desaparición y luego la nada. Eso ha pasado ya con muchos jóvenes que han visto su vida truncada y las secuelas de sufrimiento en su entorno familiar. Ese ambiente pesado y cargado de incertidumbre ya caló en la reserva de talento en el que descansarán los años que se le vienen encima a la sociedad.

Esto no puede seguir pasando, porque el futuro podrá terminar para una familia pero el país, la ciudad, el estado no pueden truncar su paso hacia adelante. Como sociedad urge ofrecer respuestas a los jóvenes que se manifestaron, porque su presencia en las calles fue un llamado de atención para todos y un termómetro del nivel de desesperación que han alcanzado.

No puedo explicarme de otra manera su demanda tan inusual: “no negarse a morir, pero si pedir que no los maten”. Como seres humanos y habitantes de esta ciudad caeríamos en un error si desentendemos este peculiar reclamo. Ojalá, así lo hayan entendido quienes están a cargo de brindarnos seguridad y justicia. Cuando menos eso les debemos a quienes ya fueron víctimas de una violencia horrenda y haber cometido el “delito” de intentar vivir su vida como jóvenes.

Vivir su vida con dignidad, con naturalidad, rodeado por su familia y sus amigos, asistir a la escuela y dedicar su tiempo a divertirse si así lo quiere, pero sin sentirse amenazados, sin sentir que al salir de sus casas no cuentan con la certeza de regresar a la quietud de sus hogares. Y me parece que eso no es mucho pedir. Y sobre esto las autoridades gubernamentales, autoridades educativas y responsables de dependencias sobre seguridad pública nada han dicho. Los jóvenes no merecen el silencio como respuesta.

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