La ruta del mínimo esfuerzo

6 de marzo de 2017

No cabe duda de que en este mundo nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira; lo digo porque, pese a la aparente unanimidad en contra de Trump, sí existen algunos elementos en contra que vale la pena tomar en cuenta.

Por supuesto que su racismo, su machismo y su pinche trompa que siempre trae parada son insoportables, pero debemos admitir que su diagnóstico sobre Estados Unidos (y por extensión sobre el mundo) es correcto, aunque su acierto nada más llega hasta ahí y, lamentablemente, no le alcanzó para encontrar el remedio.

Las críticas contra Trump, en el fondo, padecen del mismo defecto que él, abominan de sus actitudes y pronunciamientos pero no ofrecen ninguna solución, pasan por alto que el tipo fue electo, si bien a través del voto indirecto porque si hubiera sido directo habría perdido…por un pequeño margen…muy pequeño.

O sea que el problema sí existe y el único que lo supo ver fue Trump.

No lo dijo Trump, lo dijo Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional: El Brexit y el resultado de la elección en Estados Unidos, son evidencias de la desigualdad que persiste en el mundo al no haberse distribuido por igual los beneficios de la globalización y, para buscar ese crecimiento inclusivo, hay que pensar en la reconversión laboral, dar incentivos fiscales para ofrecer más oportunidades laborales a las mujeres y adoptar políticas educativas inteligentes para los jóvenes. Dijo.

Sin embargo, hasta la funcionaria del FMI pasa por alto un fenómeno también global: el cultural. Y no me estoy refiriendo a las actividades artísticas, sino a la deformación provocada por el derrumbe del comunismo y la entronización del neoliberalismo, consistente en una poderosa adicción global por la ruta del mínimo esfuerzo.

Antes, ser emprendedor significaba dedicar toda una vida a sacar adelante un proyecto productivo, ahora se trata de ganar mil millones de dólares en un mes, si no ni para qué tomarse la molestia de entrarle; aquí en Sinaloa, tenemos el ejemplo de nuestros hombres del campo, que sin meter las manos fueron entregando la plaza a cambio de recibir dinero del gobierno, hasta que se acabaron el petróleo y las ganas de hacer política asistencialista y, pese a ello, insisten en la cantaleta de “yo lo que sé sembrar es maíz, que el gobierno me lo compre a un precio que me convenga porque si no… yo lo que sé sembrar es maíz, que el gobierno…” O sea: una variante del dinero fácil. Así no se llega a ningún lado, y de hecho lo estamos haciendo: estamos atascados.


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