De qué nos asustamos

23 de agosto de 2017

Un hombre convive durante la cena con su familia, tiene una buena mujer por esposa, ambos crían y forman a dos hijos pequeños encantadores (la parejita), son personas civilizadas, respetables  y respetuosas de los demás, verdaderos modelos de ciudadanos cuya vida como pareja cualquiera de nosotros tendría como meta para alcanzar.

Amanece, nuestro admirable personaje es despertado por la alarma de la base militar estadounidense en Jordania; teniente coronel de la USAF, en menos de tres minutos ya despegó en su caza bombardero rumbo a Siria y en menos de una hora ya regresa a su base, después de haber descargado sus bombas sobre un hospital repleto de civiles y, sí, de combatientes islámicos heridos, pero finalmente hospital. La cifra de muertos es de más de cien, la de heridos mucho mayor.

El teniente coronel ha cumplido sus órdenes y por ello recibirá un salario, reconocimiento social y una vida maravillosa aquí en la tierra, no como esos locos islámicos que piensan combatir con su suicidio y ganarse así el cielo y un respetable número de vírgenes, a las cuales pasarse por las armas por el resto de la eternidad; quién les manda no vivir en un país desarrollado; quién les manda no modernizarse y abrazar la democracia; quién les manda no adoptar nuestras costumbres, nuestra religión y nuestra forma de concebir la vida, pero sobre todo quién les manda tener recursos naturales. No nos hagamos pendejos: todo lo que les pasa es por ser pobres.

Un hombre aún joven convive con sus compañeros combatientes dentro de una finca en ruinas en Afganistán; no tiene esposa, no ha tenido tiempo para ello todavía y en estos tiempos ser musulmán y tener familia no es una buena idea; sus padres están a salvo en otro país lejos de Palestina, sus hermanos varones muertos -los mayores -, mientras los menores ya entrenan en un campo de refugiados en Líbano; sin patrimonio que defender, combate por pura inercia; nacido seis años antes de la primera guerra del golfo, toda su vida ha sido soldado, nunca fue a la escuela pero aprendió a leer y escribir gracias a los religiosos que lo enseñaron a recorrer el Corán, los momentos de oración han sido sus únicas vacaciones desde siempre: en los textos sagrados existe una salida, una liberación, una vida plena y feliz muy diferente a la mierda en que ha vivido siempre, sin noches gélidas y días abrasadores sin acondicionadores de aire, sin raciones, sin poder siquiera encender una fogata por razones de seguridad.

¿Morir matando? Por qué no. Acabar con todo esto, liberarme y de pasada llevarme entre las patas a un montón de infieles, que con su apoyo mantienen a los demonios de la tierra, esos que nos han despojado de hogares, de amores, de certidumbres y de ganas de vivir. ¡Monstruos hijos de puta! ¡Salvajes! ¡Bárbaros! Yo les voy a enseñar lo que es un héroe… de mí aprenderán cómo se llega a santo.


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