Los primeros treinta días

16 de junio de 2017

El jueves quince de junio, se cumplió el primer mes del asesinato de Javier Valdez y las noticias hasta ese momento no eran buenas, de hecho el pretexto de la fecha sirvió para hacer un recuento sobre la situación del caso y la evaluación fue mala: no se avanza.

A decir verdad no debe extrañarnos ni tantito, el propio Javier Valdez más de una vez expuso nuestro error de permitir la parcelación de la justicia, es decir, la politización (con su correspondiente estela de abusos, impunidad, incompetencia, corrupción etc.) del sistema judicial, que hoy ya con todo descaro se comporta como cualquier candidato a cargo de elección popular: cuentos por aquí, cuentos por allá…

El único verdadero logro de la justicia mexicana, ha sido tomarnos bien la medida: sabe que no nos interesa la equidad, no deseamos justicia, deseamos privilegios, recibir la señal de que no somos del montón y por lo tanto gozar de una porción, aunque sea mínima, en el mapa de la impunidad nacional. Por eso han tenido mucha resonancia algunos (ojo: nada más algunos) asesinatos recientes, que han afectado a miembros de diversos gremios: maestros, periodistas, empresarios, abogados, etc. Esos gremios han elevado su voz en protesta, pero manteniendo la premisa básica de que pelean por ellos mismos y que los demás se rasquen con sus uñas; los abogados piden justicia para sus muertos, los periodistas para los suyos… y aquí seguimos, expresando monstruosidades como “algo habrá hecho”, “de seguro andaba mal”, no como mi muertito, ese sí era decente y sí se merece justicia, los otros no porque esos de seguro se lo buscaron.

No entiendo, en verdad no entiendo, por qué hay tantos convencidos de que ahora sí se hará justicia y encima se desesperan; el argumento es que Javier era especial (y sí lo era), como si eso sirviera de algo. ¿Quieren oír una anécdota sobre el asesinato en México de alguien muy especial? Ahí les va: ¿se acuerdan del diputado Muñoz Rocha? Él era el hilo conductor que llevaba a la autoría intelectual del asesinato de Colosio ¿Qué pasó con él? ¿O el equivocado soy yo? Quizá nunca me di cuenta de que Colosio andaba mal, buscándoselo.

Quizá.

Mientras nuestras demandas por justicia sigan llevando nombre y apellido, nuestra frustración y nuestra indefensión también seguirán llevando nombres y apellidos: los nuestros. Por eso yo no pido justicia para Javier ni para nadie, tampoco para Jasiel, un muchacho santo y bueno, cuyo asesinato es un misterio porque sus familiares no dieron tiempo a las autoridades para enlodar su buen nombre, por eso mejor quiero hacerles un público reconocimiento a ellos, sus deudos, que lo lloraron en privado y no quisieron ni oír hablar de nada que tuviera algo que ver con nosotros y nuestras autoridades, con su actitud nos mandaron a la chingada a todos, por parejo. Ellos supieron ser equitativos y a todos nos procuraron lo que nos merecemos: nos dieron la única justicia que nos hemos sabido ganar.

Gracias.


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