Imprimir Modesto Aguilar | 13 de marzo de 2017

El Partido de la izquierda se encuentra en crisis. Los datos son evidentes y todos los conocemos. Lo que no hemos avizorado es si detrás de este acontecimiento existe alguna lógica. Todo indica que sí, y tendría que ver con el pasado más doctrinario de sus integrantes, que presumiblemente estarían llevando la maquinaria partidaria a sus extremos para resurgir cual ave fénix.

Veamos. El PRD surgió en 1989 de un desprendimiento de integrantes priistas, la llamada Corriente Democrática y organizaciones civiles, con la fusión  de una coalición de diversos partidos políticos en el Partido Mexicano Socialista (PMS) que agrupó al Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), Partido Socialista Unificado de México (PSUM), Partido Patriótico Revolucionario (PPR), Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP), Unión de la Izquierda Comunista (UIC) y el Partido Socialista de los Trabajadores (PST). 

Esta multiplicidad partidaria generó grandes expectativas, porque por primera vez lograban un consenso importante fuerzas que se habían caracterizado por radicales y sectarias. Es necesario destacar la presencia de dos carismáticos líderes, Cuauhtémoc Cárdenas y Heberto Castillo, para lograr lo  que durante mucho tiempo pareció imposible.

Entre los integrantes de esta gran coalición aparecían, de manera sobresaliente el PMT y el PSUM, colocados en el lado conciliador de la izquierda, mientras en el extremo más duro se colocaban el PPR, MRP, UIC y PST. Hoy esa mescolanza extraña y amorfa de intereses navega en una crisis intensa.

El punto de ruptura tendría que ubicarse en 2012, cuando su candidato en ese entonces a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, perdió por segunda ocasión, porque a partir de entonces esta agrupación ha sufrido desprendimientos paulatinos que han colocado al llamado partido amarillo en una encrucijada.

Sin embargo, existen todos los elementos para suponer que, habiéndose quedado en él sus integrantes más doctrinarios, éstos estarían partiendo de la máxima leninista y stalinista, según la cual la fortaleza de un partido depende de la intensidad de la purga que experimente. Más puntualmente, el principio que estos cuadros estarían siguiendo es aquél proclamado por Stalin que afirma que “cuanto más drástica la purga, más probable es un ascenso fuerte e influyente del partido”. (Vladimir Tismaneanu, El diablo en la historia, ed. Stella Maris, 2015).

No se ve por donde, en este caso, la receta staliniana pueda resultar verídica, porque el núcleo que se aferra al poder de lo que todavía queda del PRD es la fracción más pragmática, o sea aquella que hará de todo con tal de continuar en el presupuesto público, mediante el desempeño de posiciones políticas en el poder legislativo. Y después de ello no quedará nada de la izquierda fuerte que imaginaron sus fundadores; particularmente por el hecho del posible fortalecimiento de candidatos ciudadanos independientes, que en la elección del 2018, dependiendo del monto de votación que obtengan, podrán hacer a un lado a una organización política que se pudrió antes de arribar al gran poder, al poder presidencial.