Imprimir Jorge Aragón | 13 de Febrero de 2017

A nivel mundial hay un supuesto problema en las redes sociales, que hiciera crisis durante la elección presidencial en EEUU, pues en ellas se vivió el fenómeno de sitios informativos falsos en contra de la candidata demócrata. Esa es bronca de ellos y por ello allá ellos; nosotros tenemos las nuestras.

Sin duda, en México las redes sociales tienen un estatuto de verdad mayor a los medios convencionales, y no tanto porque las primeras sean fuente de información de mayor calidad, más bien es por la desconfianza a los segundos, que desde siempre han atendido intereses que bien poco tienen que ver con su público; la libertad de expresión en México ha sido la más importante de las garantías individuales… para los dueños de los medios; si alguien tiene dudas le aconsejo platique con Emilio Azcárraga Jean; no sé si sigue yendo al café de Los Portales.

Lo que en verdad está pasando con las redes sociales, es que están descontinuando las herramientas que históricamente sirvieron para construir narrativas falsas con total efectividad e impunidad, hoy, esa crítica pone el énfasis en la abundancia de mentiras pero omite mencionar la rapidez con que son descubiertas y evidenciadas, la vida útil de un embuste cada día es más breve y eso es gracias a la interconexión del público, que nos permite denunciar y ser escuchados, muy distinto a como era antes cuando el derecho de réplica se daba como una generosa dádiva del medio (cuando lo llegaba a conceder).

A la mayoría de los periodistas nos está costando trabajo adaptarnos a la nueva realidad, pues se actúa sobre la base de que internet sólo es un sustituto de la “circulación” o la audiencia, y se pretende mantener sin cambios la exclusividad mediática y su consecuente impunidad, como acaba de ocurrir aquí en Culiacán con el portal Viva Voz, al publicar un hecho en Ciudad Universitaria de manera distorsionada, por decirlo amablemente. El acto del portal tuvo sus consecuencias, por lo menos contribuyó a alimentar el clima de sicosis del que aún no salimos, pero hasta ahí tampoco es para cortarse las venas con un ejote, donde sí la puerca torció el rabo es cuando nada más retiraron la nota sin dar ninguna explicación ni disculpa.

No es ningún pecado equivocarse: se enmienda el error hasta donde sea posible, se pide indulgencia y se promete ser más cuidadoso en la próxima. Pero si se hace a la chita callando, entonces es obligado pensar que sí se hizo con mala intención y, peor aún, sobre la base de que tirada la piedra nadie podrá señalar la mano que la tiró. Eso era antes.

El periodismo no es una actividad que esté por encima de cualquier otra, ya no, la desmemoria ha desaparecido en México y siempre habrá quien recuerde nuestros esqueletos en el closet: los certificados de moralidad y ética expedidos desde el pedestal de la gran prensa perdieron validez. Ahora sí se volvió cierto aquello de que los médicos entierran a sus errores, mientras que los periodistas los publicamos. Nos quedamos desnudos. Qué bueno.